Si todo sale como está pensado, el próximo 7 de agosto recibiremos en
Bogotá al presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo
Chávez Frías. La emoción no tendrá límites, pues que los motivos de
agradecimiento y exaltación para esa apoteosis son tan numerosos como
significativos.
Pensemos en que a su llegada seguirá buscando por
el mundo a Guillermo Zuluaga, reo del más atroz de los delitos, y el
más raro, el de usura cometido por guardar en garajes de su casa por lo
menos 20 camionetas costosas, con cuyo acaparamiento pretendía alterar
el precio de las 200.000 unidades, cuando menos, que se negocian en la
tierra del Libertador cada año. De criminales así hay que limpiar el
mundo de Colón. Y seguirá guardado en la más negra de sus mazmorras ese
Alejandro Peña Esclusa, quien se había atrincherado en su casa con un
arsenal de explosivos, y con el apoyo logístico de su esposa y de sus
tres hijitas, la menor de ocho años, evidentemente peligrosa para la
estabilidad del régimen.
Hasta esa colosal hazaña, Zuluaga y Peña
Esclusa tenían una perversidad en común. Pensar, que es tan mala
práctica, y compartir con otros su pensamiento, que ya es cosa
intolerable.
Por ejemplo, no les parecía bien que se concentrara
todo el poder del Estado en una sola mano, con lo que se consigue una
forma tan expedita de mando. Criticaban la eliminación de las voces
opositoras, de sus medios impresos, de sus canales de televisión y
radio, con lo que se logra tan buen ahorro de papel, tinta, estaciones,
antenas y uso del espectro electromagnético. Chávez detesta esos
despilfarros. Como odia a los estudiantes que gritan en la calle cada
que se roba unas elecciones, perturbando los derechos del vecindario al
silencio. Como se enfurece con las manifestaciones que rechazan los
regalos que con el dinero de los venezolanos agasaja a sus compañeros
del Foro de São Paulo.
No comprender las razones humanitarias
envueltas en los miles de millones de dólares que van para Castro, por
ejemplo, tan viejito que despierta piedad, o para los Kirchner, que tan
ocupados con la suerte de Argentina tienen que olvidar sus propios
negocios, es inconcebible. E inaceptable.
A Zuluaga y a Peña
Esclusa les horroriza el crecimiento exponencial de la violencia en
Venezuela, para Chávez prueba del indómito coraje de su gente. Condenan
la pauperización del país más rico de América, la dilapidación de sus
recursos gigantescos, la ruina de su aparato productivo. Gusanos
capitalistas, al fin y al cabo. Se sienten ofendidos por la mayor
inflación del Continente, la caída del PIB y que Venezuela tenga sus
títulos de deuda como los más riesgosos del mundo. También critican que
el campo venezolano no produzca nada y que el mercado se tenga que hacer
afuera. No entienden estos torpes que si se compran submarinos y
misiles y aviones ultrasónicos y tanques de guerra, de una vez se
aprovecha para la carne y la leche, el café y el papel higiénico.
Nosotros,
en cambio, tenemos mucho que agradecerle al Coronel. Para empezar, la
hospitalidad brindada a 'Iván Márquez', a 'Timochenko', a 'Grannobles', a
'Granda' y a miles de sus amigos, que hacen turismo ecológico por la
Serranía del Perijá. También por el albergue para 'Gabino', 'Antonio
García' y sus compañeros del Coce. Y por las facilidades que tuvieron
'Jabón' y tantos como él, esforzados empresarios consagrados a sacar por
sus mares más de 300 toneladas por año de un polvo blanco que gusta
tanto en Europa y Estados Unidos. Y por cerrarnos la frontera y por
poner a nuestro Presidente en su sitio llamándolo matón, mentiroso,
narcotraficante, hipócrita, terrorista internacional. Si alguien no lo
hiciera, se tomaría demasiado en serio aquello del amor que le tiene el
80 por ciento de sus despistados gobernados.
Nuestro invitado de honor está próximo. Arriba los corazones. |